El roedor de Fortimbrás (1965), Gonzalo Suárez

He pasado la tarde enseñándole a hablar. Previo examen meticuloso de sus órganos y a partir de lamentos inarticulados, he provocado ciertas frases coherentes que paso a registrar en este diario: « Las cuatro fases de la luna son mías« , « tengo la piel como dices del melocotón, y azúcar », « no estorbo y yo quiero, yo quiero », « díselo otra vez », « empiezo en ti, pero no acabo en « , « agua, por favor« .

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Hablaba del alma como de una medalla que se hubiera deslizado por el forro de su uniforme – dijo la mujer de Bautismo -, y la veía expuesta en las vitrinas del cielo, porque pretendía tener allí cómplices. Cuando perdió su empleo, comprendí que Bautismo había sido sólo un sueño de injusticia de un pueblo oprimido y, al despertar ese pueblo, no encontraría a nadie que llegara a soñarlo de nuevo

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– Machacanarices, rompehuesos, taladracráneos, extirpaorejas, sacaojos, arrancaombligos, cascadedos, rasgavientres y espigas, dardos y balas, ¿no es así? – dijo la mujer de Bautismo, sin dejar de reír.
– Eso es – dijeron ellos riéndose.
– Astilladientes, tronchacuellos, quiebraespinas, revientarriñones, descorchagenitales y abanicos, barras y tobilleras, ¿eso es? – dijo ella.
– ¡Sí, sí! – dijeron ellos, y la broma parecía muy de su agrado.

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En las películas, los agentes secretos se pelean – dijo la mujer de Bautismo – ¡Qué tonta he sido! Los agentes, de lo contrario dejarían de ser secretos. Por otra parte, se comportan estúpidamente, de lo contrario no motivarían películas.

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Si usted hubiera visto reír a Elena, me comprendería mejor. Se bebe en ella, como el dromedario de la caravana, por la sed pasada, por la sed presente y por la sed futura. Pero esto no le interesa, naturalmente. Yo sólo quería decirle que, después de todo, quizá merezca la pena haberla oído reír, aunque me haya convertido para siempre en un eco. […] Querer a Elena es encontrar un único testigo para nuestra existencia. […] Ya sé, le irrito. Cobardemente agazapado, como el niño en el pecho de la madre, prendido a los ojos de Elena, pretendiendo conjurar el caos, mientras la tierra gira a punto de desintegrarse, azotada por los hurracanes, sacudida por los terremotos, minada por el tiempo, sorteando astros, cabalgada por habitantes enloquecidos, ¡y yo sentado al lado de Elena en una cafetería! […] El contacto de sus manos – dijo Federico -. Las manos de Elena poblaban el presente de mentiras luminosas y las proyectaban, como una constelación de promesas hacia el futuro. Persuadían, ¿no es suficiente? […] Durante la película éramos felices, aislados del mundo, juntos, en la sala a oscuras, vivíamos de principio a fin la aventura que nos proponían y teníamos la sensación de que habían hecho avanzar el reloj de nuestra existencia común, y que nadie podía arrebatarnos ya el tiempo ganado.