Cinelandia (1923) – Ramón Gómez de la Serna

Pero lo que se oculta con verdadero cuidado por parte de los grandes talleres de Cinelandia, son las invenciones que pueden ir en contra de las cuantiosas reservas del cinematógrafo clásico en que está empleada la gran fortuna de los capitalistas cinelándicos.
En el mundo se han ocultado siempre los descubrimientos que han atañido a lo que se estaba explotando aún en gran escala.
Hace mucho que duerme en los sótanos de las grandes casas de gramofonía el fonógrafo continuo, y la T.S.H. ha estado aherrojada varias veces hasta en cárceles de Estado porque iba contra todas las tramas oficiales.
En el fondo del cinematógrafo de ensayo y habiendo pagado por él más de seiscientos mil dólares, guardan el nuevo invento que acabará con la vulgar proyección cinematográfica de hoy en día y que minará la ciudad cinelándica por su base como un terremoto seguido de neptúnicas trombas marinas.
El día en que una huelga general, un sin sabor o quizás la ruina de la marca “Cosmogónica” hagan que Cinelandia deje de ser lo que es, sus directores pondrán en circulación el invento retenido y el espectáculo cinematográfico tendrá la derivación más inesperada.
Algo se sabe muy vagamente de lo que es ese nuevo invento. Algún empleado despedido y mal guardador del sello del silencio alrededor de los nuevos inventos dejó sembrada en Cinelandia la especie de las futuras y posibles evoluciones.
La invención del nuevo cinematógrafo tendrá por base el traspasar la inmovilidad del espectador, el conducirle hacia el campo de la verdad sin que tenga que vivir la verdad misma con los peligros del drama o de las peripecias. Será siempre espectador pero irá lanzado en los acontecimientos.
En esa película transportadora se producirá el sueño vidente de los espectadores y se los llevará por los vericuetos del verdadero paisaje y del verdadero argumento. Gracias a la gran fuerza eléctrica, radiográfica y quintadimensionista del aparato, los espectadores entrarán por el embudo caleolítico que sustituirá a las sábanas blancas de la pantalla.
Los cuerpos dormidos de los espectadores quedarán en la sala, muy vigilados por los agentes de la autoridad.Habrá tres entreactos para que se despejen las imaginaciones trasportadas de los espectadores, que se frotarán los ojos como dormidos que despiertan y se miran unos a otros con la sorpresa de volverse a ver.
De nuevo la máquina de proyecciones reales devolverá el bulto de las cosas a los espíritus succionados por el cono proyector, requerirá al público y le remontará al sitio de las nuevas aventuras.
Al espectador de ese cinematógrafo porvenirista le quedará siempre el recuerdo mucho más vivo que el de los sueños y que el de las representaciones proyectadas sobre la pantalla antigua.

Tientos de erótica celeste: Sobre el diario parpadeo (ca. 1970s) – José Val del Omar

Sobre el diario parpadeo, todo marchitándose y todo naciendo
en un tiempo sin contorno
muerte y resurrección en pálpito incesante.
Un hervor pretende edificar lo eterno sobre la superficie de un río.
Precipitada ebullición
acelerada asfixia del alma en agonía.
Ser y no ser, eso es estar ahogándose, en permanente desgarro,
un pasar desesperado.

Sobre el torrente flota algo inmutable, suspenso…
como en un espejo he visto mi tiempo fluido
sobreimpreso, en un estanque.

Nieve, espuma, hervor y nieve
en pura cohesión de gota de rocío.

He visto una pizca de Dios en campo eléctrico.

Gorila en Hollywood: Los de abajo (1980), Gonzalo Suarez

Me levanté y me encerré en el cuarto de baño. Me sorprendió ver mi cara en el espejo y supongo que a la cara del espejo le sorprendería igualmente verme a mí. Ya lo dijo Pascal: « Dos rostros semejantes, que no tienen nada gracioso por separado, hacen reír juntos por su parecido. » Sin embargo no me reí. Un rostro como aquél era por sí mismo una pesadilla, ¿qué podía tener de gracioso ver dos iguales? Y yo « me veía » por dentro y por fuera, en reversible concordancia, como un calcetín al que se le da la vuelta para enfundarlo en el otro pie. No sé cuanto tiempo transcurrió mientras me contemplaba estúpidamente; mi vida entera se deslizó por mis pronunciadas orejas, mi pertinaz tristeza se columpió en mi nariz y todo se desvaneció de golpe y porrazo, con la rotunda certidumbre del bofetón.
[…]
Estaba ahora a cuatro patas y comprendí que era su culo lo que me recordaba a mi mujer. No exactamente el culo, sino los contornos del culo, algo así como si el culo tuviera un halo de santidad. Pues bien, el culo de mi mujer se asemejaba al culo de Isabel como el rostro de un santo románico al rostro de otro santo románico. Ignoro por qué extraña razón aquel cuarto de baño me traía indefectiblement a la memoria la frase de Pascal: « Dos rostros semejantes, que no tienen nada gracioso por separado, hacen reír juntos por su parecido. » Remedando la cuestión, « dos culos con semejante halo, podrían ser graciosos juntos, pero me producían tristeza por separado ».

 

Trece veces trece: Trece casos de cuya existencia física respondo, puesto que, por su brevedad, se pueden medir: Tres, Donde se demuestra que la tierra es esférica (1964), Gonzalo Suárez

El hombre no tenía nariz, ni ojos, ni boca.
Y el rostro estaba cubierto de pelo.
Me llamaron a mí, para que investigara.
La encuesta no fue tan sencilla como posteriormente pudierais imaginar.
Me proporcionaron el pasaje de avión, y volé hasta las antípodas. Y de allí volví al punto de partida.
Por la otra cara del mundo.
Era preciso actuar con cautela, puesto que en ello estribaba el éxito de la empresa.
Sólo así pude averiguar lo que averigüé, y redacté un informe de setenta y siete páginas.
Del cual se deducía que aquel hombre estaba de espaldas.

 

El roedor de Fortimbrás (1965), Gonzalo Suárez

He pasado la tarde enseñándole a hablar. Previo examen meticuloso de sus órganos y a partir de lamentos inarticulados, he provocado ciertas frases coherentes que paso a registrar en este diario: « Las cuatro fases de la luna son mías« , « tengo la piel como dices del melocotón, y azúcar », « no estorbo y yo quiero, yo quiero », « díselo otra vez », « empiezo en ti, pero no acabo en « , « agua, por favor« .

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Hablaba del alma como de una medalla que se hubiera deslizado por el forro de su uniforme – dijo la mujer de Bautismo -, y la veía expuesta en las vitrinas del cielo, porque pretendía tener allí cómplices. Cuando perdió su empleo, comprendí que Bautismo había sido sólo un sueño de injusticia de un pueblo oprimido y, al despertar ese pueblo, no encontraría a nadie que llegara a soñarlo de nuevo

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– Machacanarices, rompehuesos, taladracráneos, extirpaorejas, sacaojos, arrancaombligos, cascadedos, rasgavientres y espigas, dardos y balas, ¿no es así? – dijo la mujer de Bautismo, sin dejar de reír.
– Eso es – dijeron ellos riéndose.
– Astilladientes, tronchacuellos, quiebraespinas, revientarriñones, descorchagenitales y abanicos, barras y tobilleras, ¿eso es? – dijo ella.
– ¡Sí, sí! – dijeron ellos, y la broma parecía muy de su agrado.

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En las películas, los agentes secretos se pelean – dijo la mujer de Bautismo – ¡Qué tonta he sido! Los agentes, de lo contrario dejarían de ser secretos. Por otra parte, se comportan estúpidamente, de lo contrario no motivarían películas.

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Si usted hubiera visto reír a Elena, me comprendería mejor. Se bebe en ella, como el dromedario de la caravana, por la sed pasada, por la sed presente y por la sed futura. Pero esto no le interesa, naturalmente. Yo sólo quería decirle que, después de todo, quizá merezca la pena haberla oído reír, aunque me haya convertido para siempre en un eco. […] Querer a Elena es encontrar un único testigo para nuestra existencia. […] Ya sé, le irrito. Cobardemente agazapado, como el niño en el pecho de la madre, prendido a los ojos de Elena, pretendiendo conjurar el caos, mientras la tierra gira a punto de desintegrarse, azotada por los hurracanes, sacudida por los terremotos, minada por el tiempo, sorteando astros, cabalgada por habitantes enloquecidos, ¡y yo sentado al lado de Elena en una cafetería! […] El contacto de sus manos – dijo Federico -. Las manos de Elena poblaban el presente de mentiras luminosas y las proyectaban, como una constelación de promesas hacia el futuro. Persuadían, ¿no es suficiente? […] Durante la película éramos felices, aislados del mundo, juntos, en la sala a oscuras, vivíamos de principio a fin la aventura que nos proponían y teníamos la sensación de que habían hecho avanzar el reloj de nuestra existencia común, y que nadie podía arrebatarnos ya el tiempo ganado.

 

Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929) – Rafael Alberti

Ces poèmes de Rafael Alberti de style surréaliste ou peut-être plus encore dadaïste donnent la parole aux acteurs muets du cinéma burlesque. Quelques titres en aperçu, presque en synopsis : « Wallace Beery, bombero, es destituido de su cargo por no dar con la debida urgencia la voz de alarma », « Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca », « Stan Laurel y Oliver Hardy rompen sin ganas 75 ó 76 automóviles y luego afirman que de todo tuvo la culpa una cáscara de plátano », etc…

 

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